Formulario de contacto

 

Había una vez…



     En un pueblo cercano, allá donde comienza el mar y habita la luna, existió un niño que soñaba con canciones de cuna, con flores rociadas de esencia de espuma, con arcoíris que paseaban por pasajes y lagunas.

     Escribía el sol, escribía las estrellas y hasta el amor de una madre por unas manitas tiernas.

     Leía los sentimientos, leía las expresiones, también lograba leer hasta en los rincones.

     Un día, un científico se le acercó queriendo animarlo a estudiar su profesión, pero este niño no sabía de razones, tampoco quería que las cosas tuvieran explicaciones.

     Luego un piloto lo invitó a recorrer las alturas, pero el niño sabía que con él no llegaría hasta la luna.

     Hasta un cocinero lo invitó a probar miles de sabores, pero pensó que era egoísta dejar a los otros sentidos sin emociones.

     Finalmente, algo distraído, tropezó con un señor que miraba al cielo aún más conmovido.

     ¡Píntame angelitos negros! Decía. — Pues, ¿a dónde van angelitos de mi pueblo, zamuritos de Guaribe? ¿A dónde vas serafín cucurusero?

     Y aquel niño, lleno de emoción, se puso a escuchar a aquel gran señor. Hablaba de silencios, habló de uvas, también de coplas y de renuncias.

     Y mientras más lo escuchaba menos cabía duda, él quería hacer sentir a través de su escritura, así la poesía lo acompañó en todas sus locuras.

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